
Las protestas masivas en Irán continúan intensificándose en medio de una profunda crisis económica y política, con crecientes consignas que ya no reclaman reformas, sino la caída del régimen islámico encabezado por el líder supremo Ali Jamenei.
Según medios iraníes, hasta seis personas murieron durante violentos enfrentamientos entre manifestantes y fuerzas de seguridad en el oeste del país. Las movilizaciones, que comenzaron el domingo de forma pacífica, se han extendido desde Teherán hacia ciudades clave como Isfahán, Mashhad y Kuhdasht, donde se registraron choques, incendios y represión policial.
El detonante inmediato fue el colapso de la moneda nacional: actualmente se requieren alrededor de 1,45 millones de riales por un dólar, frente a los 820.000 de hace un año. El salario mensual promedio apenas supera los 100 dólares, lo que ha vuelto inaccesibles incluso los alimentos básicos, en un país altamente dependiente de las importaciones.
Lo que inició como una huelga de comerciantes derivó rápidamente en una protesta política abierta, con consignas como “muerte al dictador” y “mujer, vida, libertad”, retomando el espíritu de las revueltas de 2017, 2019 y 2022. Analistas coinciden en que el colapso económico ya no es percibido como una crisis coyuntural, sino como un fracaso estructural del régimen.
Un factor clave es la participación del bazar, históricamente un pilar de estabilidad del sistema islámico. Su paralización representa una ruptura simbólica y económica que recuerda los antecedentes de la Revolución Islámica de 1979.
La situación ya no es sostenible para comerciantes ni para la clase media urbana, advirtió la abogada de derechos humanos Gissou Nia, del Atlantic Council.La crisis también golpea la infraestructura básica: cortes de agua y electricidad, encarecimiento de medicamentos y pérdida acelerada de ahorros han ampliado el malestar social.
Para muchos ciudadanos, el deterioro de las condiciones de vida ha reducido el miedo a la represión.Aunque el régimen intenta apaciguar públicamente, ha recurrido de forma temprana a la violencia estatal, con uso de gases lacrimógenos y disparos contra manifestantes, lo que para muchos refuerza la percepción de debilidad y desconexión del poder.
Como en ocasiones anteriores, Teherán acusa a Estados Unidos e Israel de instigar las protestas. Sin embargo, observadores señalan que la magnitud, rapidez y diversidad social del movimiento hacen inviable atribuirlo a una conspiración extranjera, narrativa que cada vez convence a menos iraníes.
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