Invasión desde el mar: barcos chinos arrasan aguas peruanas ante la pasividad del Estado

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Un pasajero a bordo de un vuelo comercial peruano grabó un video que debería encender todas las alarmas: decenas de embarcaciones pesqueras chinas operando ilegalmente dentro de aguas del Perú, iluminando la noche del Pacífico como si se tratara de una ciudad flotante. No es una metáfora ni una exageración visual: es la prueba cruda de una invasión silenciosa que avanza mientras la diplomacia mira hacia otro lado.

Las imágenes muestran parte de la Flota Pesquera de Aguas Distantes de China, una maquinaria industrial descomunal que no solo merodea las zonas económicas exclusivas de Perú, sino que también presiona —y muchas veces viola— las de Ecuador, Argentina, Chile y otras naciones sudamericanas. Su tamaño es tal que, según registros internacionales, sus concentraciones de barcos pueden observarse desde el espacio.

Lo que estamos presenciando no es un “incidente aislado” ni un exceso puntual. Es una ofensiva pesquera global, coordinada y sistemática, que combina poder económico, opacidad estatal y desinterés ambiental. China no exporta solo productos: exporta depredación, amparada en una flota subsidiada que compite de manera desleal y arrasa con todo a su paso.

Esta práctica está destruyendo ecosistemas marinos, agotando especies clave y asfixiando a las comunidades pesqueras locales que dependen del mar para sobrevivir. Cada noche iluminada por estas naves es una noche más de saqueo, una cuenta regresiva hacia el colapso ecológico.

Mientras tanto, los gobiernos de la región emiten comunicados tibios, cuando no guardan silencio. El discurso del multilateralismo y la “cooperación internacional” se estrella contra una realidad incómoda: nadie quiere incomodar a Pekín. El resultado es una soberanía marítima diluida y un precedente peligroso: el que tiene más barcos, manda.

Desde una perspectiva estratégica, esta pesca ilegal no es solo un problema ambiental; es un acto de presión geopolítica. Controlar alimentos, recursos y rutas es controlar poder. Y América del Sur parece no haber tomado nota.

Cada especie agotada, cada fondo marino devastado, nos empuja un paso más hacia un punto de no retorno. No se trata de ideología, sino de supervivencia. Defender las aguas nacionales no es “proteccionismo”, es sentido común. Llamar a las cosas por su nombre tampoco es xenofobia: es realismo.

El video grabado desde el avión no es solo estremecedor por lo que muestra, sino por lo que revela: la magnitud de una amenaza que ya está aquí. La pregunta no es si esto continuará, sino quién se atreverá a detenerlo antes de que el mar quede en silencio.

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