
Por: Humberto González Briceño
Los terremotos del 24 de junio no solo derrumbaron edificios. También derrumbaron una ilusión. La ilusión de que la recuperación de Venezuela consistía únicamente en estabilizar la economía, atraer inversiones y volver a crecer. En apenas unos minutos la naturaleza nos recordó que la reconstrucción de un país es un desafío mucho más complejo que levantar indicadores económicos.
Hoy la pregunta ya no es cuánto costaron los terremotos. La verdadera pregunta es cuánto costará volver a poner de pie a Venezuela.
Y la respuesta dista mucho de ser tranquilizadora.
Las primeras estimaciones del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), elaboradas mediante imágenes satelitales y modelos de evaluación rápida, calcularon daños físicos directos por aproximadamente 6.700 millones de dólares, equivalentes a cerca del 6 % del producto interno bruto venezolano. Pero el propio organismo advierte que esa cifra no incorpora los daños a la infraestructura crítica, las pérdidas de productividad ni el costo de la reconstrucción integral. De hecho, Naciones Unidas estima que el impacto económico total de un desastre de esta naturaleza suele ubicarse entre una vez y media y tres veces el valor de los daños directos.
Pocos días después, la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR) publicó una evaluación técnica todavía más reveladora. El informe estima daños físicos directos cercanos a los 37.000 millones de dólares: alrededor de 24.000 millones en edificaciones y otros 13.000 millones en infraestructura crítica —carreteras, puentes, energía, puertos, telecomunicaciones, agua y saneamiento, aeropuertos y activos petroleros—. Incluso esa cifra excluye las pérdidas económicas indirectas, los costos sociales, ambientales y el enorme esfuerzo financiero que implicará reconstruir el país.
Conviene detenerse un momento sobre esa diferencia.
No existe contradicción entre ambas estimaciones. El PNUD realizó una evaluación preliminar de daños inmediatos sobre viviendas y activos económicos; la UNDRR desarrolló posteriormente una modelación mucho más amplia sobre edificaciones e infraestructura expuesta. Ambas coinciden en una conclusión esencial: el costo definitivo será muy superior al que hoy podemos calcular.
Pero reducir esta tragedia a una discusión sobre miles de millones de dólares sería quedarse en la superficie del problema.
El dinero, por gigantesca que sea la cifra, terminará apareciendo. Vendrá de organismos multilaterales, de gobiernos amigos, de cooperación internacional, de financiamiento privado y, eventualmente, del propio esfuerzo de los venezolanos.
Lo verdaderamente escaso será otra cosa.
La reconstrucción de las ciudades afectadas no ocurrirá en dos ni en cinco años. La experiencia internacional demuestra que desastres de esta magnitud requieren una o dos décadas de trabajo sostenido para restablecer plenamente la infraestructura, la actividad económica y la vida urbana. No basta con remover escombros ni inaugurar urbanizaciones. Reconstruir significa volver a diseñar ciudades, servicios públicos, redes de transporte, hospitales, escuelas y sistemas de prevención que resistan futuras catástrofes.
Sin embargo, existe un costo todavía más difícil de cuantificar.
Durante años Venezuela perdió una parte sustancial de su capital profesional. Ingenieros estructurales, arquitectos, urbanistas, geólogos, especialistas en transporte, médicos, enfermeras, investigadores, profesores universitarios, técnicos en electricidad, telecomunicaciones, agua potable y logística emigraron buscando oportunidades que el país dejó de ofrecerles.
Ahora serán precisamente esos profesionales quienes más harán falta.
No se reconstruye una ciudad únicamente con concreto y acero.
Se reconstruye con conocimiento.
Los puentes no los levantan los discursos.
Los hospitales no los diseñan las consignas.
Las redes eléctricas no obedecen decretos.
La reconstrucción demandará decenas de miles de profesionales altamente capacitados trabajando de manera coordinada durante muchos años. Venezuela necesitará formar nuevos especialistas, recuperar talento que hoy vive en el exterior y, sobre todo, crear condiciones para que quienes aún permanecen en el país decidan quedarse.
Pero incluso eso no será suficiente.
Existe un factor del cual se habla poco y que probablemente decidirá el éxito o el fracaso de toda la reconstrucción.
No el liderazgo entendido como la figura providencial de un hombre fuerte que promete resolverlo todo. América Latina ha pagado demasiado caro esa superstición política.
El liderazgo que necesita Venezuela será institucional.
Harán falta universidades capaces de producir conocimiento útil para la reconstrucción.
Academias que orienten políticas públicas.
Colegios profesionales que establezcan estándares técnicos.
Empresarios dispuestos a invertir con visión de largo plazo.
Organizaciones civiles que supervisen el uso de los recursos.
Gobiernos nacionales, regionales y municipales capaces de coordinar esfuerzos en lugar de competir por protagonismo.
La reconstrucción será demasiado grande para depender de un solo gobierno y demasiado larga para depender de un solo presidente.
Ese quizá sea el mayor desafío que deja esta tragedia.
Los terremotos destruyeron infraestructura.
Pero también nos obligan a decidir qué clase de país queremos reconstruir.
Sería imperdonable utilizar miles de millones de dólares únicamente para reproducir las mismas debilidades institucionales que hicieron a Venezuela tan vulnerable frente a cualquier crisis. La reconstrucción no debería consistir en volver al punto donde estábamos el 23 de junio. Debería servir para construir ciudades más seguras, instituciones más transparentes, servicios públicos más resilientes y una economía menos dependiente de la improvisación.
Porque al final el cemento puede comprarse.
La maquinaria puede importarse.
El financiamiento puede negociarse.
Lo verdaderamente difícil será reconstruir la confianza entre los venezolanos, recuperar el conocimiento perdido y levantar instituciones capaces de conducir durante veinte años un esfuerzo nacional sin desviarse por el camino de la corrupción, el sectarismo o el cortoplacismo.
Los terremotos nos dejaron un país cubierto de escombros.
La historia dirá si también nos dejaron la oportunidad de construir, por fin, una Venezuela más sólida que aquella que se vino abajo.- @humbertotweets
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Humberto González Briceño
Maestría en Negociación y Conflicto
California State University
+1 (407) 221-4603

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