
La fractura dentro del chavismo comienza a mostrar una dimensión que va más allá de las diferencias ideológicas. Sectores radicales han empezado a expresar públicamente su rechazo a la línea política impulsada por Delcy Rodríguez, especialmente frente al diálogo con Washington y el acercamiento a Israel.
Las señales ya son visibles: protestas contra las negociaciones patrocinadas por EEUU, quema de banderas estadounidenses e israelíes y cuestionamientos directos a la orientación seguida por Delcy Rodríguez, Jorge Rodríguez y Diosdado Cabello.
Lo que sí está verificado es la existencia de una oposición pública dentro del propio chavismo frente a la negociación, el acercamiento a Washington y el giro diplomático hacia Israel. Lo que todavía no puede afirmarse es que esta resistencia tenga capacidad suficiente para bloquear decisiones del Ejecutivo, provocar una ruptura dentro del PSUV o convertirse en un centro alternativo de poder.
El debate interno comienza a construirse alrededor de dos narrativas. Una acusa a Delcy Rodríguez de estar desmontando o incluso traicionando al chavismo. La otra sostiene que la apertura responde a una estrategia pragmática para preservar el poder y garantizar la continuidad del sistema.
Esta segunda interpretación resulta especialmente relevante. Una apertura económica o diplomática no implica necesariamente democratización.
La pregunta de fondo, por tanto, no es únicamente qué tan lejos llegará el nuevo acercamiento internacional de Venezuela, sino qué estructuras políticas y coercitivas permanecen intactas detrás de esa apertura.
Porque el verdadero alcance de la fractura del chavismo no se medirá por las protestas que puedan verse en las calles, sino por su capacidad —o incapacidad— para alterar el equilibrio de poder dentro del régimen.
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