
La inseguridad empieza a cambiar la vida cotidiana de las familias en Ceuta.
Una madre ceutí denunció públicamente que su hija de 16 años ya no puede salir sola por temor a sufrir agresiones. Según su testimonio, la adolescente debe estar acompañada por su padre o por ella cuando sale a la calle.
«Nos la comen. ¡Yo no puedo más!», expresó la mujer, quien también reclamó que quienes generan inseguridad «se vayan todos a Marruecos».
El testimonio expone una situación que va más allá de un caso particular: el miedo empieza a condicionar la libertad de las familias, especialmente la de las mujeres jóvenes.
La escena resulta difícil de normalizar: una menor que necesita salir acompañada y una madre que asegura recurrir al espray de pimienta como medida de defensa ante el temor a posibles agresiones.
La pregunta, entonces, resulta inevitable: ¿en qué momento dejó de ser excepcional tener miedo al salir a la calle?
La seguridad de las mujeres y de las menores no debería depender de que lleven un espray, de que estén permanentemente acompañadas o de que sus familias vivan con miedo.
Ceuta necesita recuperar algo tan básico como la tranquilidad de poder caminar por sus calles sin sentir que la amenaza forma parte de la rutina.
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