
La advertencia de Karl Popper plantea una pregunta que sigue siendo incómoda para las sociedades democráticas: ¿hasta dónde puede llegar la tolerancia cuando quienes la reciben buscan destruirla?
En 1945, el filósofo Karl Popper formuló una idea que décadas después continúa provocando debate: la llamada paradoja de la tolerancia.
Su planteamiento parte de una aparente contradicción. Una sociedad abierta necesita ser tolerante para garantizar la libertad de pensamiento, expresión y asociación. Pero esa misma apertura puede ser utilizada por movimientos intolerantes para intentar acabar con las libertades que les permiten existir.
El problema, entonces, no es la existencia de opiniones diferentes. Una democracia debe ser capaz de convivir con el desacuerdo. El verdadero desafío aparece cuando la intolerancia deja de ser una opinión y comienza a convertirse en una amenaza contra las reglas que permiten la convivencia.
Cuando la tolerancia se vuelve vulnerable
Popper advertía que una sociedad no puede asumir que toda forma de intolerancia debe ser tolerada indefinidamente. Si quienes rechazan la libertad utilizan las instituciones y libertades democráticas para destruirlas, la tolerancia absoluta puede terminar convirtiéndose en una vía hacia su propia desaparición.
Esto plantea una cuestión especialmente relevante en las democracias occidentales: ¿defender la tolerancia implica tolerar también aquello que pretende eliminarla?
La respuesta no es sencilla.
La libertad de expresión protege ideas incómodas, impopulares e incluso profundamente cuestionables. Sin embargo, una sociedad democrática también establece límites frente a la violencia, las amenazas y cualquier intento de privar a otros de sus derechos fundamentales.
El debate que sigue abierto
La paradoja de Popper no ofrece una fórmula sencilla para decidir dónde debe situarse ese límite. Más bien obliga a mantener una discusión permanente sobre qué principios son indispensables para preservar una sociedad libre.
Tolerar no debería significar permanecer indiferente ante la violencia.
Defender la libertad tampoco debería convertirse en una excusa para eliminarla.
El desafío está precisamente en encontrar el equilibrio: proteger una sociedad abierta sin convertir la defensa de sus valores en una justificación para dejar de ser abierta.
Ochenta años después de que Popper planteara su advertencia, la pregunta permanece vigente:
¿Dónde debería estar el límite de la tolerancia?
Siguenos en nuestras redes




